TATIANA
Tatiana Levka tenía 23 años, su cuerpo fue moldeado por algún dios griego (raro para una judía), sus ojos fueron pulidos sobre topacio azul, su voz sonaba a canto de sirena y coronaba su cabeza una melena oscura que, por alguna rareza biológica o metafísica, reflejaba el dorado sol que la iluminaba.
Aprendió de sus nanas las formalidades de las buenas damas, de su madre heredó el arte de la música y de su padre... nada, quizás algún gen militar.
Aprendió de sus nanas las formalidades de las buenas damas, de su madre heredó el arte de la música y de su padre... nada, quizás algún gen militar.
A los 16 años había sido prometida a David Ben Yoseph (David Bensev, era su nombre civil), un apuesto y riquísimo caballero de un pueblo cercano.
David era aun buen tipo, amable, refinado, apenas unos siete años mayor, y por sobre todas las cosas la amó desde el primer día que se la presentaron
.
A los 20, Tatiana ya era una mujer de la elite, y su marido solía ocupar las primeras bancas de la sinagoga, posición reservada a los generosos donantes al rabinato local.
David era aun buen tipo, amable, refinado, apenas unos siete años mayor, y por sobre todas las cosas la amó desde el primer día que se la presentaron
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A los 20, Tatiana ya era una mujer de la elite, y su marido solía ocupar las primeras bancas de la sinagoga, posición reservada a los generosos donantes al rabinato local.
No tardó en llegar su primer hijo, hermoso e inteligente.
Tatiana, que había sido prometida desde su primera juventud a David, lo quería, lo admiraba pero, más que nada, lo respetaba.
Sin embargo, Tatiana no era feliz, aunque era envidiada por toda la judería.
Sin embargo, Tatiana no era feliz, aunque era envidiada por toda la judería.
Cuando su marido salía de viaje, luego de cumplir con el ritual de las amorosas despedidas, Tatiana solía recordar que una vez fue feliz, pero el secreto de esa felicidad pasada la consumía, con la misma intensidad de aquella vieja época cuando a hurtadillas se escapaba de la casa, con sus 14 años, con Mirko, un chico de su edad, un goy, un no judío. Tan sólo mirar como flotaban las hojas del otoño sobre el arroyo los llenaba. Eran inocentes, volvía a su casa con el estómago cargado de mariposas revoltosas.
Llegó la guerra y a emigrar se ha dicho.
La judería alborotada. Muchos hombres eran llevados a la fuerza para enlistarse. Así pasó con David Ben Yoseph.
La judería alborotada. Muchos hombres eran llevados a la fuerza para enlistarse. Así pasó con David Ben Yoseph.
Su cabello oscuro no fue problema, solo hacía falta un pañuelo y abandonar el baño por unos días y suficiente, una rusa más.
Tomó a su hijo y dejó la judería. Una idea tonta la impulsó a pensar en Mirko. Una rusa viuda en medio de la guerra era buen camuflaje.
De repente se dio cuenta. Mirko, a quien vio un par de veces, desde lejos, con el rabillo del ojo ( y otra vez había sentido esas locas mariposas) , seguramente se habría casado, o se habría enlistado en el ejército... o había muerto.
Instintivamente se dirigió hacia el arroyo de sus añoranzas ¿Para qué? Tampoco podría haber respondido.
Era primavera y el arroyo ya era un río. Cuando llegó Tatiana, no estaba Mirko, ni había hojas que flotaran en el agua. Las mariposas ahora tenían aguijones. El dolor era insoportable. Había sido una reina sin corazón, o su corazón había sido aplastado por el deber real.
Era primavera, la vida renacía por todas partes. Pero Tatiana tenía los ojos muertos. Envolvió al niño con mucha ropa y entre ellas algunas joyas y dinero. Lo colocó con alienada dulzura a resguardo de un árbol junto a lo que fuera arroyo y ahora era poderoso río, el mismo árbol que le dió sombra y frescura a su fuego adolescente. Escribió en letras cirílicas "Mi nombre es Iván" y dejó el papel bien amarrado al niño que abandonaba.
Caminó hasta cansarse corriente abajo. Se quitó sus amplias e incómodas faldas y justo donde el río se angosta en una feroz correntada, se dejó caer.
Caminó hasta cansarse corriente abajo. Se quitó sus amplias e incómodas faldas y justo donde el río se angosta en una feroz correntada, se dejó caer.
En su agonía en el revoltijo de agua que se metía por sus orificios y la sacudía contra las piedras, pensó en lo mala que era, mala esposa, mala judía, mala madre.
Salido de la nada, un ángel la tomó de la mano con firmeza. "Es el demonio que me lleva", pensó Tatiana. De a tirones la sacó del agua y pensando en resucitarla, apoyó sus labios contra los de ella.
Nadie sabe quien fue ése ángel, o si fue un hombre, o fue un demonio. Pero en el último suspiro Tatiana creyó saborear los labios de Mirko.
Así se fue Tatiana, entre mariposas en el estómago y el brillo plateado del amor. Porque el amor no es de oro, ni de acero, es de plata.
P.D. Con cariño a las personas que deben sobre el desear, que cumplen sobre el amar, que cargan armaduras que las terminan hundiendo, a los hijos e hijas de religiosos, a los de generaciones pasadas, a todos... porque a todos nos pasa un poco.
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