No se trata de un pensar así nomás, se trata de hacerlo con libertad, con fundamento, con sentido común, con solidaridad, con visión retrospectiva, actual y prospectiva.
Se trata de un pensar sin coacciones y sin miedos. Sin extremismos ni apasionamientos desenfrenados, sin fanatismos, con la lógica de la prudencia y la autarquía auténtica, sumando desde la diferencia para evitar la homogeneidad.
Esta forma de pensar las cosas no tiene que ver con la capacidad intelectual, pero mucho que ver con la sabiduría.
Siempre que en mi cabeza discurre esta temática me sorprendo horrorizado con Heidegger, uno de los grandes filósofos de la historia, devenido en ideólogo del nazismo, justamente la antítesis de la libertad de pensamiento.
Hoy por hoy, este pensamiento falto de sentido común y radicalizado persiste en Argentina como una idiota fuerza paralizante y destructora.
Sé que lo hará por un tiempo. La idiosincrasia argentina le calza al dedillo a quienes la propugnaron por años desde cierto lugar, y ahora desde otro.
Pero no todo es malo, un poco de luz y de buenos ejemplos y los que piensan serán cada día uno más, para no ser uno menos.
¡Buen Año País!

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