Como en el Edén
No es necesario ser religioso para conocer la historia de Eva, Adán y la serpiente en el huerto de Edén. La Biblia, para judíos y cristianos por igual, nos ilustra como funciona el mal. Satanás, en la piel de una serpiente (se piensa que era hermosa) urdió una estrategia para hacer caer a las incautas criaturas de Dios. ¿Cómo lo hizo? Sencillo, diciendo una gran verdad, inmensa, irrefutable. Tan abrumadora era la verdad que proclamaba la serpiente, que Eva y Adán no cayeron en la mentira que la serpiente les colaba. La serpiente les habló del conocimiento que tendrían, de ideas de grandeza, hasta de ser como Dios. Más su objetivo era hacerles pisar el palito, engañarlos... no les habló de las consecuencias. Ayer hemos visto algo de esto. Tres horas y media de palabras grandilocuentes, enfatizadas hasta el hartazgo, poderosas en el contexto en que se decían, estadísticas asombrosas, ¿Quién pudiera refutarlas? -No por ciertas, sino por sus fuentes misteriosas -. ¡Basta de corporaciones! ¡El pueblo a elegir! Y entre grandes y agrandadas verdades, expresadas con vehemencia y una convicción que me recuerda a las viejas escenas de Hitler arengando a toda una nación, se dejaron de decir cosas, y se dijeron cosas por demás. Y ambas cosas al fin dijeron lo que debían. Y los Adanes y Evas incautos apenas si tuvieron oportunidad de asimilarlo, quizás ninguna. El discurso avasallador filtró exageraciones y mentiras, y dejó interlineados terribles que pocos advirtieron. ¡Vamos por todo! Pareciera que apenas unos pocos se dan cuenta que es más que un slogan. Ayer la serpiente enlutada hizo su jugada.
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